María
Era joven, informalmente vestida, universitaria, de piernas larguísimas, tan largas que de un salto se diría que podría cruzar el Guadalquivir, menuda y delgada, peligrosamente anoréxica, famélica. El cabello era largo, liso, negro, pulcro, terso, lustroso; los ojos eran grandes, negros, limpios, de un lignito azabache; su piel era bronceada, bruñida caribeña; pelo oscuro, ojos oscuros, piel oscura. Todo lo demás era claridad en ella. Claridad de ideas, claridad de deseos, claridad de sentimientos, claridad de emociones, claridad de pasiones, claridad, claridad.
Regresaba de ... ,de ..., no se, de algún lugar, de algún universo propio donde había transcurrido su mañana. Ó quizá es que llegara a su destino, claramente iluminado en su mentalidad independiente.
El tren era lo suficientemente grande y los pasajeros lo suficientemente insuficientes para que estos se pudiesen colocar cómodamente y a su libre albedrío. Teníamos a María, colocada en un rincón de seis asientos vacíos, teníamos al hombre del bastón blanco sentado cuatro bloques de plásticos asientos más cercano a la puerta. Teníamos a los cuatro apañeros de curro, conversando alegremente sobre las frías aguas de las playas de Ayamonte. Teníamos a dos caballeros trajeados, con corbata y maletines portafolios. Teníamos a tres puritanas abanicándose. Y teníamos al resto de la gente.
- Es increíble, la juventud de hoy - Una vocecita femenina comentaba en la privacidad de la cercana lejanía - no tienen respeto por nada ni por nadie, visten tan indecentemente que lo van enseñando todo, se le ve todo el ombligo. Y no puedes decirles nada, porque encima te sacan las uñas y te llaman de todo. Mira esa de ahí, ¿Tú te crees posible como va?. Como me gustaría que pasara el revisor para que le dijera algo. ¡ Mírala ! , Toda despatarrada, con los pies encima del asiento. No hay vergüenza ninguna, ni respeto, ni nada, esta juventud se nos está echando a perder entera, pero es que no se salva ni uno, es que ni uno, te lo digo yo.
- Esto no hay quien lo aguante - Un vozarrón masculino, pero en susurro, comentaba a su acompañante- así no es posible concentrarse en este dichoso asiento de contabilidad, maldito ordenador portátil, siempre se cuelga cuando ya estás a punto de terminar, y dichosa mocosa, ya podía bajar un poco la música de sus cascos, se va a enterar todo el tren, hay que joderse, estos niñatos que no han trabajado en su vida, que no han dado un palo al agua, se creen que todo el tren es suyo, son unos irrespetuosos con los demás, unos insolidarios. Se creerá que está en su casa. Vamos, esta es de las que en su casa no debe ni de ayudar a poner los platos en la mesa. Menudo viajecito me está dando con esa dichosa música gritona.
- Y a mí, que no me ha dejado dormir, tú no te quejes, pero yo he estado a punto de cambiarme de sitio. Porque son las tres de la tarde, sino, te juro, que si hubiese dado con esta niñata esta mañana, sin dudarlo me cambio no ya de asiento, sino de vagón.
Y mientras los cuatro compañeros de curro escuchaban como uno de ellos contaba sus batallita en la playa, el más joven miraba emotivamente la figura sensualmente quijotesca de María, cuya mirada perdida vagaba entre las palabras de la letra de la canción que escuchaba en sus cascos, una musiquilla tranquila, suave, romanticona, empalagosa y apenas audible para el resto de los pasajeros más allá de ella misma, excepto los dos trajeados que viajaban al lado y oían un susurro, menos imperceptible que el traqueteo del tren ó el hilo musical con música clásica del ferrocarril de cercanías. Y claro, era un transporte público aquello, no una biblioteca, ni la sala de cuidados intensivos de un hospital, ni había tampoco un cartel que dijese : "Se ruega Silencio, Por favor"
Por los altavoces se escuchó, "Próxima parada, fin de trayecto.
María bajó los pies del asiento, los limpió con la mano, el poco de polvo que se había acumulado de siglos, dejó el asiento más limpio que antes de cuando ella posase sus pies sobre él, guardó su música y aguardó la salida y apertura de las puertas.
El hombre del bastón blanco, delante de la puerta, preguntó: ¿Es esta la salida? .
Si - Le contestó el joven del grupo de los compañeros de curro, a su lado. Los dos trajeados estaban detrás, detrás las tres puritanas y María aún esperaba tranquilamente en su asiento a que el tren se detuviera por completo y todo el mundo huyera a través de la marea de borregos, hacia la salida. Al fin y al cabo era final de trayecto. Que la gente se atropellen unos a otros. ¡ Qué prisas ! .
Las puertas se abrieron, los cuatro compis del curro salieron los primeros, el más joven se quedó mirando al invidente, viendo como tanteaba con su bastón los peldaños de la escalerilla, el escalón de salida, por un momento estuvo en un tris de ayudarle, se detuvo un segundo con intención de cogerle del brazo y apearle, pero por vergüenza por un lado, por no estorbar al resto de la gente que salía, por otro y por que observó muy claramente que el ciego se las arreglaba a las mil maravillas, tanteando con el bastón y poniendo su pie derecho en el escalón, no hizo nada, y siguió a sus compañeros que le esperaban un poco más allá preguntándose, ¿Que hace éste, por qué se ha parado? .
Los dos trajeados, impacientes, detrás de él, le llegaron a dar un leve empellón que le desequilibró parcialmente.
- Lo siento - dijo el hombre del bastón blanco - Soy ciego
- No Debería usted venir en tren - dijo uno de los trajeados - No ve que interrumpe al resto de los viajeros.
- Tiene usted razón, joven- dijo una de las puritanas - no se debería permitir que gente así viajara, y no lo digo por nada, pero es que puede tener un accidente el día menos pensado. La gente se lo puede llevar por delante. Hay mucho tumulto en estos sitios.
La gente se aglomeraba en los torniquetes de salida. Los trajeados y las puritanas iban charlando sobre la prohibición que tenían que instaurar para que estas "clases" de personas no pudieran viajar en horas de afluencia de público en transportes de viajero, algo así, similar, a como cuando prohiben circular los camiones los días de la operación salida u operación retorno de las vacaciones o puentes o fines de semana. Vamos, que las personas son como objetos ó máquinas.
Y mientras ellos y ellas hablaban vanamente, el joven trabajador, vio como María, caminando simpáticamente agarrada del brazo del hombre del bastón blanco, adelantaba con paso firme, seguro, tranquilo, justo en las puerta de salida del andén, al resto del grupito que pretendía hacer una ley sobre atascos y le ayudó a atravesar por las portezuelas de plástico automáticas de salida.
- Muchas gracias, señorita - dijo el ciego -
- Ha sido todo un placer. Voy en dirección a la plaza, le puedo acompañar.
- No es necesario, yo voy en dirección contraria. Hasta pronto.
¿Quién es el invidente?.
¿Quién es el insolidario?.
¿Quién es irrespetuoso? .
¿Quién es María?"
Regresaba de ... ,de ..., no se, de algún lugar, de algún universo propio donde había transcurrido su mañana. Ó quizá es que llegara a su destino, claramente iluminado en su mentalidad independiente.
El tren era lo suficientemente grande y los pasajeros lo suficientemente insuficientes para que estos se pudiesen colocar cómodamente y a su libre albedrío. Teníamos a María, colocada en un rincón de seis asientos vacíos, teníamos al hombre del bastón blanco sentado cuatro bloques de plásticos asientos más cercano a la puerta. Teníamos a los cuatro apañeros de curro, conversando alegremente sobre las frías aguas de las playas de Ayamonte. Teníamos a dos caballeros trajeados, con corbata y maletines portafolios. Teníamos a tres puritanas abanicándose. Y teníamos al resto de la gente.
- Es increíble, la juventud de hoy - Una vocecita femenina comentaba en la privacidad de la cercana lejanía - no tienen respeto por nada ni por nadie, visten tan indecentemente que lo van enseñando todo, se le ve todo el ombligo. Y no puedes decirles nada, porque encima te sacan las uñas y te llaman de todo. Mira esa de ahí, ¿Tú te crees posible como va?. Como me gustaría que pasara el revisor para que le dijera algo. ¡ Mírala ! , Toda despatarrada, con los pies encima del asiento. No hay vergüenza ninguna, ni respeto, ni nada, esta juventud se nos está echando a perder entera, pero es que no se salva ni uno, es que ni uno, te lo digo yo.
- Esto no hay quien lo aguante - Un vozarrón masculino, pero en susurro, comentaba a su acompañante- así no es posible concentrarse en este dichoso asiento de contabilidad, maldito ordenador portátil, siempre se cuelga cuando ya estás a punto de terminar, y dichosa mocosa, ya podía bajar un poco la música de sus cascos, se va a enterar todo el tren, hay que joderse, estos niñatos que no han trabajado en su vida, que no han dado un palo al agua, se creen que todo el tren es suyo, son unos irrespetuosos con los demás, unos insolidarios. Se creerá que está en su casa. Vamos, esta es de las que en su casa no debe ni de ayudar a poner los platos en la mesa. Menudo viajecito me está dando con esa dichosa música gritona.
- Y a mí, que no me ha dejado dormir, tú no te quejes, pero yo he estado a punto de cambiarme de sitio. Porque son las tres de la tarde, sino, te juro, que si hubiese dado con esta niñata esta mañana, sin dudarlo me cambio no ya de asiento, sino de vagón.
Y mientras los cuatro compañeros de curro escuchaban como uno de ellos contaba sus batallita en la playa, el más joven miraba emotivamente la figura sensualmente quijotesca de María, cuya mirada perdida vagaba entre las palabras de la letra de la canción que escuchaba en sus cascos, una musiquilla tranquila, suave, romanticona, empalagosa y apenas audible para el resto de los pasajeros más allá de ella misma, excepto los dos trajeados que viajaban al lado y oían un susurro, menos imperceptible que el traqueteo del tren ó el hilo musical con música clásica del ferrocarril de cercanías. Y claro, era un transporte público aquello, no una biblioteca, ni la sala de cuidados intensivos de un hospital, ni había tampoco un cartel que dijese : "Se ruega Silencio, Por favor"
Por los altavoces se escuchó, "Próxima parada, fin de trayecto.
María bajó los pies del asiento, los limpió con la mano, el poco de polvo que se había acumulado de siglos, dejó el asiento más limpio que antes de cuando ella posase sus pies sobre él, guardó su música y aguardó la salida y apertura de las puertas.
El hombre del bastón blanco, delante de la puerta, preguntó: ¿Es esta la salida? .
Si - Le contestó el joven del grupo de los compañeros de curro, a su lado. Los dos trajeados estaban detrás, detrás las tres puritanas y María aún esperaba tranquilamente en su asiento a que el tren se detuviera por completo y todo el mundo huyera a través de la marea de borregos, hacia la salida. Al fin y al cabo era final de trayecto. Que la gente se atropellen unos a otros. ¡ Qué prisas ! .
Las puertas se abrieron, los cuatro compis del curro salieron los primeros, el más joven se quedó mirando al invidente, viendo como tanteaba con su bastón los peldaños de la escalerilla, el escalón de salida, por un momento estuvo en un tris de ayudarle, se detuvo un segundo con intención de cogerle del brazo y apearle, pero por vergüenza por un lado, por no estorbar al resto de la gente que salía, por otro y por que observó muy claramente que el ciego se las arreglaba a las mil maravillas, tanteando con el bastón y poniendo su pie derecho en el escalón, no hizo nada, y siguió a sus compañeros que le esperaban un poco más allá preguntándose, ¿Que hace éste, por qué se ha parado? .
Los dos trajeados, impacientes, detrás de él, le llegaron a dar un leve empellón que le desequilibró parcialmente.
- Lo siento - dijo el hombre del bastón blanco - Soy ciego
- No Debería usted venir en tren - dijo uno de los trajeados - No ve que interrumpe al resto de los viajeros.
- Tiene usted razón, joven- dijo una de las puritanas - no se debería permitir que gente así viajara, y no lo digo por nada, pero es que puede tener un accidente el día menos pensado. La gente se lo puede llevar por delante. Hay mucho tumulto en estos sitios.
La gente se aglomeraba en los torniquetes de salida. Los trajeados y las puritanas iban charlando sobre la prohibición que tenían que instaurar para que estas "clases" de personas no pudieran viajar en horas de afluencia de público en transportes de viajero, algo así, similar, a como cuando prohiben circular los camiones los días de la operación salida u operación retorno de las vacaciones o puentes o fines de semana. Vamos, que las personas son como objetos ó máquinas.
Y mientras ellos y ellas hablaban vanamente, el joven trabajador, vio como María, caminando simpáticamente agarrada del brazo del hombre del bastón blanco, adelantaba con paso firme, seguro, tranquilo, justo en las puerta de salida del andén, al resto del grupito que pretendía hacer una ley sobre atascos y le ayudó a atravesar por las portezuelas de plástico automáticas de salida.
- Muchas gracias, señorita - dijo el ciego -
- Ha sido todo un placer. Voy en dirección a la plaza, le puedo acompañar.
- No es necesario, yo voy en dirección contraria. Hasta pronto.
¿Quién es el invidente?.
¿Quién es el insolidario?.
¿Quién es irrespetuoso? .
¿Quién es María?"
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